lunes, 9 de noviembre de 2015

Un tal Ernesto.



       En aquel momento la puerta de nuestro dormitorio se abrió con fuerza y tu desagradable olor, cargado de alcohol y sudor rancio, lo invadió todo. Un terrible escalofrío recorrió mi cuerpo. A oscuras, tiraste de mi brazo y me sacaste de la cama, me arrancaste el camisón haciéndolo pedazos y me arrastraste al suelo. Yo solo podía gritar y, entre sollozos, pedirte que no lo hicieras, pero no te detuviste. Sin atender a mis súplicas me agarraste del cuello mientras me gritabas un "¡Cállate perra!" que se clavó en mi alma con tanto dolor como tus dedos en mi garganta. Ví horrorizada cómo te bajaste la cremallera y te quitaste el pantalón, ya no quise ver nada más. Te lanzaste sobre mí sin pudor ni contemplaciones. Tu violencia me destrozó por dentro y lo oscureció todo. Como un vampiro me inoculaste en esa noche toda tu maldad, y te llevaste mi alegría, mi dulzura, mi humanidad.  Hiciste que no quedara el menor rastro de aquella mujer feliz que un día fuí... 
     Y ahora Ernesto, treinta años después de que ocurriera aquéllo y de guardar silencio sobre este terrible secreto me pides que te perdone? ¿Solo porque te estas muriendo? Había olvidado que los miserables y los cobardes también tienen  de eso que llaman conciencia... No Ernesto, no me supliques.... Yo llevo treinta años muerta. Prueba ahora un poco de tu propia medicina y rinde cuentas a quien después del último estertor te esté esperando...

lunes, 26 de octubre de 2015

Sin mañana.

   


      Abrió el desvencijado armario ropero donde escondía aquellas píldoras de colores que le hacían sentirse tan bien. No soportaba el dolor. Necesitaba un respiro, necesitaba dormir, necesitaba olvidar. Hacía meses que en su vida nada era como debía ser. Vivía de prestado en una vieja casucha destartalada en medio de aquel casi bosque que una vez, hace mucho tiempo, había sido un frondoso jardín. Había perdido su último trabajo, uno más... Aquella vocecita en su cabeza no paraba de repetirle que ya no servía para nada. El dolor lo había vuelto cada vez mas arisco, mas insociable. Sus amigos hacía tiempo que ya no le llamaban. Ahora era un don nadie sin oficio ni beneficio, un hombre sin mañana, así que a nadie le importaba. Llenó el vaso de agua y puso dos pastillas en la palma de su mano. Las miró y pensó que tal vez nunca tuvo amigos. Puso otras dos,... y otras dos,... y dos más. Recordó la tarde de su marcha , unas palabras huecas, una última caricia y un beso frío de despedida. El principio del fin. Ella ya no estaba. Y sin ella,  el hombre a quien amó tampoco existía ya. De él solo quedaba un cuerpo ruinoso y más dolor, el dolor punzante y amargo de la soledad. Demasiado cansancio en un alma donde ya no había lugar para el perdón ni para el olvido. Vació el tubo completo de pastillas sobre su mano y tragó saliva. Había llegado el momento, para qué esperar más.

domingo, 30 de agosto de 2015

Pequeñas locuras.



     Intentaba recordar en qué momento me dejé convencer por ella. Tenía que haber hecho caso de mi instinto y negarme a aquella locura, pero sencillamente no quise. Tal vez fue el azul de sus ojos o la tibieza de su piel los que me empujaron a meterme en aquel lío. O simplemente que entre adolescentes no hay espera, ni sacrificio, ni desconsuelo que valga. Pesa siempre más la inmediatez de ver los deseos cumplidos que la prudencia y la cordura.
     Y allí estábamos ahora los dos, agazapados tras un montón de cubos, fregonas y trapos, en aquel cuartucho que apestaba a humedad y a polvo, temblando y queriendo que los minutos volaran.
     Unos pocos días atrás Selena me había contado que había hecho una copia de la llave de la casa de su abuela y que podíamos ir a pasar una tarde allí los dos solos, sin nadie que nos molestara. La casa estaba vacía desde que su abuela había muerto, hacía un par de años, y su padre solo iba algún fin de semana a cuidar del jardín. Pese a mis protestas y mis negativas iniciales, su mirada llena de picardía y aquella sonrisa que me tenía cautivado, terminaron por derrotarme.
   Había conocido a Selena el verano anterior pero hasta mediados de curso en que coincidimos en unas Jornadas por la Paz organizadas en el Instituto, no había empezado a verla asiduamente. Hoy éramos inseparables. Estábamos enamorados y felices. Necesitábamos un lugar donde vernos lejos de las miradas y los cotilleos de nuestros compañeros y de los amigos del barrio...y la casa de la abuela era el lugar ideal.
    Veinte minutos ya... ¿Qué diablos estará haciendo? Cuchicheaba en mi oído Selena, muerta de miedo, mientras yo la acurrucaba entre mis brazos, ocultos por la oscuridad de aquella habitación sin ventanas donde el aire empezaba a ser irrespirable.
     En el fondo habíamos tenido suerte...Por encima del ruido de nuestras bocas y nuestras respiraciones agitadas se alzó el chirrido inconfundible de la puerta del garaje y el motor de un coche que entraba y aparcaba. El padre de Selena estaba allí, no podía ser nadie más. Unos segundos antes mis manos habían comenzado a bucear suavemente bajo su blusa. Si hubiera tardado dos minutos más en llegar ninguno de los dos se hubiera dado cuenta de la intromisión, no me cabe la menor duda.
     No había tiempo de pensar mucho. Había que esconderse. No quería imaginar la cara de ese hombre si nos llegaba a descubrir. Y mucho menos si aquella puerta se abría y se le ocurría encender la luz. 
     El olor a lejía se volvía por momentos insoportable, me dolían las rodillas y el brazo con que rodeaba a Selena se me empezaba a dormir por lo incómodo de la posición.
    Pasados cinco minutos más, un nuevo chirrido y otra vez el motor del coche nos anunciaba que por fin se iba. Respiramos profundamente aliviados y exhaustos por la tensión.
   Tantas tardes soñando con una tarde como aquélla y ahora lo único que queríamos era salir de allí, alejarnos de aquellos olores y respirar. Respirar aire limpio. Pasear y tirarnos al sol sobre el césped del parque, volver a los besos tiernos y a las manos quietas y aun así ser la comidilla de los vecinos y los amigos.
    Sin embargo guardamos la llave. Guardamos las prisas. Guardamos los deseos.  Tal vez no fuera el momento todavía. Pero la casa de la abuela nos esperó siempre. Seguimos teniendo tanta  suerte como entonces porque,  por fortuna y hasta el día de hoy,  las paredes todavía no hablan.

viernes, 14 de agosto de 2015

Simpleza femenina.

        
    
      Mientras se tomaba la tercera copa de vino se sentó a observar el acuario que ocupaba la pared principal del salón. Recordó lo que le dijo cuando lo encargó: "los peces de agua salada necesitan espacio para moverse, no en vano han dejado el mar para venirse a vivir a mi casa y decorarla". Así era él, engreído y presuntuoso. Después de tantos años a su lado había llegado a acostumbrarse. 
     A pesar de que ella era vegetariana y el simple olor de la carne le provocaba náuseas, todos los viernes por la noche lo acompañaba a tomar una de sus supermaxi hamburguesas con bacon y queso en aquel local de la playa tan popular. A eso también había tenido que acostumbrarse. Y, por supuesto, a los efectos secundarios de ese vicio, el olor a fritanga en la ropa y el pelo, los desagradables eruptos y los vómitos de madrugada. No quiso seguir las indicaciones de los médicos cuando le dijeron que, con su historial, aquella comida basura cualquier día lo mataría. Nunca les hizo caso y esta vez no se equivocaban.

    Se dio un paseo por la casa vacía y se dirigió al cuarto donde dedicó sus últimos días a emborronar lienzos, mancha sobre mancha en lo que, segun él, era arte abstracto y que ella por supuesto, en su "simpleza femenina", nunca llegaría a entender. Recogió del suelo el pincel y la paleta sembrada de negros y grises que estaba utilizando momentos antes de caer al suelo. Muy apropiada.
     Aún recuerda con asombro como tuvo la sangre fría de permanecer sentada junto a él, con el teléfono en la mano hasta que dejó de percibir su respiración y como se mantuvo firme en su decisión, sin dejar de observar aquella inmovilidad, un buen rato después del último estertor. No era cuestión de fallar por unos minutos. Cuando llegó la ambulancia, dos horas después del ataque, ya nada pudieron hacer por él. Un infarto fulminante, dijeron. Ella tampoco pudo hacer otra cosa. Su cansancio también había sido fulminante. Se cansó de acostumbrarse a los desprecios, a las burlas, a obedecer, a callar, a soportar lo insoportable, a tantas horas de soledad,... Había tenido una paciencia infinita. Confiaba en que no fuera efecto del vino, pero realmente no se sentía culpable.
    Simplemente había dejado que la muerte le encontrara. A ella ahora la esperaba una vida.

jueves, 6 de agosto de 2015

Mi monstruo.




    Sabía que no podía ser real. Aquel engendro solo podía estar en mi cabeza, formando parte de una de mis pesadillas habituales o como producto de una imaginación desbocada y alterada por el alcohol.
    Esa noche, gélida y triste, cada una de las copas que tomé llevaban su nombre. Ella no volvería. Me resistía a rendirme ante la evidencia. Me bebí solo la mitad de aquella botella de whisky irlandés tan caro que me había dejado junto a su nota de despedida: "Bébetela a mi salud." Esa nota era lo único real. El monstruo no.
     Mis oídos se negaban a escuchar aquel sonido gutural mezcla de quejido y gruñido. El olor fétido y espeso que percibía desde el otro lado de la habitación no existía. El sudor frío que bajaba por mi frente, la falta de saliva en mi boca y mi garganta resecas como mojama, el latido atropellado de mi corazón... esos sí eran reales.
    Tenía que abrir los ojos y comprobarlo pero el miedo los había vuelto infinitamente pesados. De pronto, caí al vacío y  por fin, conseguí abrirlos. La sombra grotesca que se movía ante ellos me recordaba a alguien. Nunca dejó de mirarme.
     Ahora formo parte de su gelatinosa presencia.  

martes, 28 de julio de 2015

Casualidades.


     Desgraciadamente para los dos nunca antes se encontraron. Hacía tan solo dos días que ambos habían visitado el mismo despacho de abogados. Ella entró unos minutos después en la siguiente puerta del pasillo y había salido unos minutos antes. Jamás llegaron a verse.
    Durante su estancia en Londres, la pasada Semana Santa,  habían estado también muy cerca. Él se alojó en el Hotel Hilton y ella en el County Hall, a pocos metros, justo en la acera de enfrente.
    Cada día salían a correr al mismo parque. El de cinco a seis, ella de ocho a nueve porque prefería el aire fresco a la caída de la tarde. 
    Ambos trabajaban en la calle de los bancos. Probablemente alguna vez se cruzaron caminando apresurados para no llegar tarde a la oficina o cuando se tomaban el café de media mañana en la misma cafetería de confianza que,  desde hace años,  los dos frecuentaban. 
     Sus vidas no dejaron de intentar cruzarse durante mucho tiempo atrás pero el azar es voluble y caprichoso. Probablemente incluso alguna vez se miraron entre el ruido de la gente, pero sin verse realmente, como tantos otros.
     Hoy él salió del trabajo diez minutos antes de lo habitual. Le dolía la cabeza y sentía una opresión en el pecho. No se encontraba bien. Quería llegar a casa y descansar. Tanto estrés le iba a matar. 
     Ella se retrasó unos minutos porque aquel último informe la ocupó más tiempo del que en principio había calculado. A las cuatro y veinte de aquel jueves de mayo cruzó la calle hacia donde tenía su coche aparcado, sin mirar, por un paso de peatones inexistente, absorbida por la insistencia de su teléfono móvil. Él tenía demasiada prisa por llegar a casa,  su dolor provocó una reacción más lenta de lo debido y  pisó un par de segundos tarde el pedal del freno. Solo acertó a ver cómo aquel cuerpo frágil volaba por encima de su coche y caía más allá de su campo de visión en otro par de segundos interminables. Cuando, angustiado, corrió hasta ella y miró su rostro algo en él le resultó familiar. Aún respiraba aunque muy débilmente. A pesar de la confusión del momento estaba seguro de que la conocía. Pero no conseguía recordarla. 
     No reparó en ella en la cafetería, ni en la calle, ni en Londres, ni en el parque, ni en el bufete de abogados.. Y ahora casi le había quitado la vida... Malditas casualidades.

jueves, 9 de julio de 2015

Mientras llegas.
















Mientras te espero

imagino tu andar pausado, lento.

Suenan a lo lejos las campanas de la iglesia,

arrebatadas.

Mi corazón les sigue el paso, ya llegas.

Mientras, te sueño despierta.

Y me aguanto las ganas.

Y estas ansias que de tantas, duelen.

Mientras, te pienso.

En  mi mente solo hay  dudas,

recuerdos y deseos  me revuelven por dentro.

Deambulo perdida y sin rumbo

dueñas del silencio en  las calles, vacías de tí,

solo mis pasos resuenan. 

Pasa la vida y se quiebra mi voz.

Mi alma guarda silencio,

mientras, incansable te espero.

domingo, 5 de julio de 2015

El calendario.



      Había anotado con rotulador rojo en el calendario cada uno de los días de sus encuentros con ella. Los primeros meses había marcas dos veces a la semana incluso tres. A medida que pasaba el tiempo se fueron distanciando cada vez más. Le obsesionaba ese calendario. Se lo sabía de memoria y no conseguía separarse de él. Lo llevaba en el bolsillo de esa camisa, ahora llena de manchas, que ella le había regalado en su último cumpleaños. Hacía muchos meses ya que no sabía nada de ella. Probablemente habrá encontrado a otro iluso a quien usar y tirar,  pensaba, mientras lentamente repasaba cada mes de ese último año.

    La encontró en la playa tirada en la arena llorando desconsoladamente una noche de San Juan. Cuando se acercó su aliento a alcohol le hizo retroceder, pero sus ojos llenos de lágrimas pudieron más. La ayudó a salir de allí y ese fue el principio del fin. 
    Se enganchó a su piel, a su sonrisa y a sus ganas de vivir pero también a su inconsciencia. En cada uno de esos encuentros él descubría a una mujer diferente, mas joven, mas vital, mas subyugante que la anterior. Con ella llegó a sentir el placer más absoluto, siempre dispuesta. Ninguna mujer fue suya antes de esa manera casi obsesiva, lacerante. Con ella probó todas las posturas del kamasutra y otras muchas que juntos inventaron. También probaron  todas las drogas de curso legal ....o ilegal, que mas daba? Sentir, sentir...ese era el objetivo, ese era el fin.

    Ella solo había impuesto una condición y en eso era inflexible: nada de preguntas sobre quién era, dónde vivía o a qué se dedicaba. Y aunque se moría de ganas por saber, él nunca las hizo. 
    Cada una de esas preguntas resonaba en su mente mientras volvía a sacar del bolsillo de su camisa sucia aquel dichoso calendario. Temblando y sudoroso esperaba con ansiedad  al camello de turno, tirado en la arena de esa playa donde por primera vez la vio y que hoy era testigo de todas sus miserias. Ahora ya no sentía nada. Y ella ya no estaba.